Llegó la hora, es el momento de que las cosas cambien

18 de Noviembre de 2010

UN SALUDO A TODOS LOS CIUDADANOS AZUDENSES QUE CREEN QUE LLEGÓ EL MOMENTO DEL CAMBIO

La crisis económica y social amarga nuestras vidas. No es la primera vez que ocurre algo así. En el siglo XIX, desde la primera convulsión del capitalismo allá por 1848, las crisis económicas se sucedieron con una regularidad que impresiona hasta sumar cinco episodios, uno por década. En el siglo XX el capitalismo generó otras seis grandes crisis (1906, 1920, 1929, 1973, 1992 y 2000) y una de ellas, la Gran Depresión, desembocó en la mayor carnicería de la historia de la humanidad bajo la forma de guerra mundial, totalitarismos y holocausto. En el siglo que acaba de comenzar padecemos otra crisis especialmente virulenta y equiparable en parte a la crisis del 29: la que estalló entre los años 2007-2008. El balance general que nos brinda la historia del capitalismo es, por lo tanto, muy claro: doce crisis en poco más de siglo y medio o, lo que es lo mismo, aproximadamente una crisis económica cada catorce años.

Todas estas crisis tienen puntos en común y, sobre todo, un desenlace idéntico: sus consecuencias inmediatas las pagaron siempre los más desfavorecidos.

Además de ser intrínsecamente inestable, el capitalismo ha dejado en la cuneta al 80% de la población mundial. El capitalismo, por tanto, es un sistema económicamente ineficiente porque no es capaz de sastisfacer las necesidades básicas de los seres humanos, a lo que une su condición de depredador de los recursos de un planeta que ya no aguanta más y que está comenzando a rebelarse contra la humanidad.

En la actualidad los grandes partidos nacionales se han convertido, por convicción o por impotencia, en abanderados de una visión del capitalismo singularmente dañina: el neoliberalismo. Parece que les importe más el bienestar del gran capital que el de los ciudadanos. Esos partidos aprueban paquetes multimillonarios de ayudas para una banca codiciosa e irresponsable mientras que endurecen la legislación laboral, rebajan el sueldo a los trabajadores y anuncian la reducción de las pensiones.

Para mantener sus cuotas de poder esos partidos mantienen un tinglado, el del bipartidismo, que pervierte el ideal representativo de la democracia. Para ello cuentan con la inestimable ayuda de pequeñas formaciones nacionalistas que, a cambio, reciben cuotas de poder muy por encima de la realidad social y política a la que representan. Obviamente, en este juego de suma cero, quien sale perdiendo es Izquierda Unida ya que el exceso de representación del PSOE, del PP y de los nacionalistas es el resultado del robo de la representación política que legítimamente deberíamos tener.

En Izquierda Unida de Azuqueca de Henares estamos convencidos de que el cambio no es una opción sino una obligación. El tiempo se agota y el margen se estrecha. Estamos llegando al límite físico de un sistema que atenta gravemente contra el equilibrio ecológico, la justicia, la igualdad y la paz social. El número de ciudadanos conscientes de esta realidad tan grave aumenta a diario aunque su voz no se escucha aún lo suficiente.

Por eso hemos creado este blog. En él los miembros de la candidatura de Izquierda Unida de Azuqueca de Henares y otros afiliados de nuestra organización expondremos nuestras reflexiones y propuestas para contribuir a una discusión serena sobre los graves retos a los que hemos de hacer frente, tanto a nivel general como local.

Pretendemos animar un debate social pervertido por gente que se escuda en el anonimato que proporciona internet para insultar cobardemente al adversario, por tertulias escandalosas y por mercenarios de la opinión que cobran por envenenar las conciencias. ¡Basta ya de rebuznos, de groserías, de zafiedad y de silencios cómplices!

Hay quienes considerarán que nuestros objetivos son muy ambiciosos. Cierto. Pero la urgencia de afrontarlos no es menor que la magnitud del desafío ante el que hemos de medirnos.

Concluyamos esta presentación con una frase inmortal de nuestro Francisco de Quevedo que, a pesar del tiempo transcurrido desde que se escribió, viene muy a punto: si quieres leernos "léenos, y si no, déjalo, que no hay pena para quien no nos leyere."

Consejo Político Local de IU

lunes, 21 de marzo de 2011

Al Partido Popular de Azuqueca de Henares



Estoy cansada de oír noticias sobre el bipartidismo, como si la realidad política de nuestro país se redujera a lo que dicen Zapatero y Rajoy sobre lo que les viene en gana o sobre lo que les indican sus asesores. Creo percibir que, afortunadamente, no soy la única persona harta de esta visión artificial, estrecha y mezquina de la política. Cada vez más ciudadanos se percatan de que el PSOE y el PP querrían para sí una renacida España de la Restauración, de tan infausta memoria, en la que repartirse en solitario responsabilidades, prebendas, premios y alguna que otra recomendación, y en la que la capacidad de decisión de los ciudadanos se limitase a elegir entre los unos y los otros sin matices ni alternativas posibles.

A pesar de mi hartazgo sobre el bipartidismo he decidido prestar atención al Partido Popular de Azuqueca de Henares. Esto es algo que no suelo hacer, pero a lo que me veo obligada tras ojear su último boletín (repleto de la sarta de mentiras de rigor a las que ya nos tiene acostumbrados) y leer las declaraciones del Sr. Moraga recogidas por la revista AZUCAHICA con motivo de su presentación como candidato a la alcaldía.

La lectura de estos textos y declaraciones me lleva inexorablemente a una conclusión: la falta de contenido político del Partido Popular de Azuqueca de Henares. A los señores y señoras del PP sólo les interesa, según las palabras de Moraga, ganar con mayoría absoluta”. Oficialmente no sabemos lo que harían en el gobierno una vez alcanzado (aunque no es difícil suponerlo), pero lo que sí sabemos es que quieren el gobierno sólo para ellos. Esta es su única aspiración: mayoría absoluta para un gobierno de corte absoluto, regada con dosis generosas de rencor hacia IU y el PSOE, partidos que pusieron el punto y final a un semestre de mandato del señor Moraga caracterizado por la incompetencia, el enredo y la falta de compromiso con los ciudadanos.

La carencia absoluta de argumentos políticos deja al descubierto el paupérrimo programa del PP, en el que sólo destaca un eslogan mediocre: el pecado de la coalición que gobierna es que ha privado a Azuqueca de cambios durante cuatro años”. Pero si queremos saber cuáles son esas privaciones, esos cambios, en qué consisten y cómo se construyen, nos quedamos a oscuras. El PP ni los explica ni tiene intención de hacerlo en el futuro porque, simplemente, ni puede ni sabe. Se conforma, por tanto, con calzarse una posición aparentemente respetable pero que a poco que rasquemos en ella se revela insignificancia y farsa. Por ello, harta de tanta canturria, creo llegado el momento de responder a los desatinos con los que el PP pretende catequizar a las masas.

En los tres años y medio de gobierno de coalición IU-PSOE se ha visto el fruto de una política progresista en la que el protagonista ha sido el ciudadano. Lejos de “copiar” las ideas de la derecha, el equipo de gobierno, muy impulsado por IU, ha llevado a la práctica un programa de izquierdas al servicio del interés general. Lo contrario de lo que predica el Partido Popular que, por más que hable de libertad, tolerancia e interés público, aplica donde gobierna el chanchullo, la privatización, la prevaricación, la intolerancia y el derroche. Al PP se le llena la boca cuando habla de su gran fuente de inspiración, el humanismo cristiano de tradición occidental, pero a la hora de la verdad, cuando gobierna, el humanismo desaparece y la tradición occidental se esfuma, quedándose huérfano el tercer elemento de la composición, un cristianismo cada vez más rancio y materialista que añora a las monjitas místicas y a los curas de trabuco.

Gracias a la moción de censura,  Azuqueca de Henares disfruta desde hace tres años y medio de un gobierno que ha desarrollado nuevas infraestructuras, que ha puesto en práctica políticas de promoción económica, que ha fomentado la cultura, la igualdad, las políticas sociales y de integración de los inmigrantes y que se ha puesto de lado del ciudadano que sufre los efectos devastadores de la crisis económica.

Mientras tanto el Partido Popular, con el señor Moraga a la cabeza, se ha preocupado por esparcir infundios y lamentaciones, todo con tal de disimular su falta de ideas y de programa. Además, ha presumido de las visitas cursadas a Azuqueca de Henares por sus dos jefes, Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal, políticos ambos que, lejos de defender alternativas a la crisis, se “llenan” los bolsillos mes a mes con cargo al presupuesto público como pago por hacer una oposición destructiva y engañosa.

Este no es el estilo de la izquierda. Izquierda Unida promueve alternativas en las que prevalece la defensa del Estado del Bienestar, casi destruido por la gestión especulativa de los bancos y de los grandes empresarios, que es como decir la defensa de la inmensa mayoría de los ciudadanos. Y lo hace con honestidad, denunciando la corrupción y las prebendas y poniendo como ejemplo su quehacer cotidiano, limpio y humilde.

Hay que evitar que el PP siga acuñando moneda falsa con la credulidad de una ciudadanía desorientada que lo está pasando mal. Que no nos engañen estos “encantadores de serpientes” porque detrás de sus palabras no existe ningún programa político que se pueda hacer público. Sólo ideas turbias e inconfesables que se subordinan a los intereses de la banca y de la patronal para darle la puntilla a un Estado del Bienestar muy deteriorado y débil. Este es el guión oculto que llevarán a los comicios municipales y a cualquier otra consulta electoral aunque juren lo contrario.

Por mucho que el señor Moraga se empeñe en señalarnos con el dedo, nuestras ideas son claras y nuestros propósitos justos. Denunciamos a los empresarios que abusan de los trabajadores, combatimos a los explotadores que convierten a los inmigrantes en esclavos, decimos quiénes son los verdaderos culpables de la crisis, defendemos los servicios públicos ahora que tanta falta hace... Hablamos ALTO y CLARO. No hacemos falsas promesas para “aumentar el número de votos” y luchamos afanosamente para promover cambios sociales en beneficio de la ciudadanía. En esto nos distinguimos de la derecha. A mucha honra y que sea por mucho tiempo.


María José Pérez Salazar es militante de IU de Azuqueca de Henares y candidata a las elecciones municipales

miércoles, 2 de marzo de 2011

La verdad sobre la inmigración

Los inmigrantes son seres humanos y los derechos humanos son universales

Con la oleada de revueltas en los países árabes y en el Magreb parece que Europa se preocupa “de repente” por el tema de la inmigración. Este interés, por desgracia, no está impulsado por un sentimiento humanitario que pretendiera, por ejemplo, regularizar la situación de estos inmigrantes en nuestras sociedades, sino por el miedo ante el riesgo de que a Europa (y también a España) llegue “un número no pequeño de inmigrantes procedentes de Libia”, tal y como ha manifestado hace pocos días el señor Rubalcaba.

El ejecutivo siente temor al no saber dar respuesta a los problemas migratorios, y el Partido Popular va a utilizar este asunto como arma para lograr un mayor número de votos en las próximas elecciones autonómicas y locales. De todos son conocidas las opiniones que tienen los partidos europeos de derechas sobre la inmigración. El mejor ejemplo lo proporciona el gobierno de Francia con medidas como el retorno voluntario o, hablando en román paladino, la deportación de la inmigración no deseada. La derecha española, imitadora de lo peor de la derecha europea, tampoco se queda atrás en esta carrera hacia la vergüenza. En las pasadas elecciones catalanas, el PP de Barcelona fue capaz de afirmar que existían datos que demostraban la relación inexcusable entre inmigrantes y delincuencia, sin especificar a qué datos, documentos o relaciones se refería. La práctica de “lanzar la piedra y esconder la mano” es la que últimamente se ha puesto de moda entre los populares. Esta es su estrategia política, hasta llegar al punto de confundir a una ciudadanía atemorizada para que vote un programa a favor de la no integración y de la xenofobia. Cierto es que el PP alimenta sin ningún tipo de escrúpulos una xenofobia encubierta para sumar votos, acusando de manera genérica al inmigrante. Pero el contenido de su estrategia, no por encubierto, deja de ser xenófobo.

Algunos testimonios sobre los abusos de que son objetos los inmigrantes deberían bastar para desmentir los prejuicios y las falsedades que se han construido interesadamente sobre ellos. Por ejemplo, he aquí el caso de un trabajador inmigrante empleado del servicio doméstico: “Hasta que lo despidieron hace un mes, René Conde tenía una jornada de 17 horas diarias, que aumentaba a 20 los fines de semana, por 800 euros al mes y sin contrato. Boliviano, de 40 años y padre de cuatro hijos, trabajaba en el servicio doméstico para una familia adinerada de Madrid. Hacía de todo: planchado, costura, calzado, recados, carpintería, cocina, limpieza, fontanería... "Es un abuso, pero yo trabajo de lo que haga falta porque tengo que vivir. Mi pecado fue pedir a los señores un derecho: poder dormir en mi propia casa, en lugar de en el garaje, junto a las tuberías", asegura. En diciembre, le dieron vacaciones por primera vez, hasta el 10 de enero. Al regresar, le despidieron, junto al otro sirviente. Otro caso, muy generalizado desgraciadamente, es el del abuso de la mano de obra extranjera en el sector de la construcción. Relatémoslo: "Si me denuncias y me buscas un problema, tú tendrás diez", le amenazó el dueño de la empresa a Enrique Romero, un boliviano de 33 años, cuando le reclamó los más de 1.000 euros que le debía. Aquellos años, en plena efervescencia en España del sector de la construcción, el empresario levantaba un sinfín de chalets en la opulenta urbanización de Entrepinos (Madrid). "Le iba muy bien. Compraba parcelas y vendía las casas antes de construirlas recuerda Enrique, pero a nosotros nos trataba como a animales". En la cuadrilla de obreros, apenas había españoles. Rumanos, brasileños, marroquíes, bolivianos, polacos… la mayoría, sin papeles. Trabajábamos de sol a sol y era habitual que no nos pagase ni los fines de semana ni las horas extras que hacíamos."

Las políticas de inmigración de derechas buscan que la ciudadanía rechace a los inmigrantes cuando resultan inservibles económicamente. Por un lado, alimentando el miedo ante peligros infundados y, por otro, fomentando un casi indisimulado sentimiento aristocrático entre los sectores nacionales “amenazados” por una inmigración que tira a la baja los derechos laborales y los salarios. La derecha explota muy bien las inseguridades y los temores entre las víctimas potenciales de la crisis, alentando que luchen entre ellas. La derecha pretende que los nacionales en riesgo se sientan depositarios de unos derechos innatos adquiridos por haber nacido y pertenecer a una comunidad social concreta, siendo esos derechos algo a lo que no pueden aspirar otros seres humanos procedentes de otros lugares. Esto no es más que resucitar la vieja concepción del derecho de sangre frente al derecho de ciudadanía que, equivocadamente, se creía superada desde la Revolución Francesa. ¿No es esto lo que reivindicaba la aristocracia para mantener sus privilegios de casta frente al Tercer Estado? Claro, olvidaba que la derecha y la aristocracia van unidas aún en pleno siglo XXI.

El colapso de la economía ha traído consigo paro, recortes sociales y precariedad en el empleo fruto del estallido de la burbuja inmobiliaria y de la intervención de unos bancos carcomidos por la avaricia y la desmesura. Estos son los verdaderos causantes de la crisis económica y social. Detrás de cada inmigrante explotado y en situación de ilegalidad hay un empresario desaprensivo que se aprovecha de un colectivo vulnerable para enriquecerse sin tasa. Esos empresarios sin escrúpulos no respetan los horarios laborales, no dan de alta en la Seguridad Social a los trabajadores inmigrantes, no atienden a las normas de seguridad e higiene en el trabajo y no respetan los convenios; en definitiva, son los culpables de la explotación que sufren los inmigrantes y de que éstos sean percibidos por los demás trabajadores como competidores desleales.

Cansados de que el bipartidismo oculte la realidad, nosotros, desde la izquierda, queremos que la ciudadanía conozca el drama que viven los inmigrantes, que es aún peor que el que sufren millones de compatriotas. Además, luchamos por poner en práctica políticas económicas, migratorias y de integración social consecuentes y humanas. Nunca utilizaremos la mentira o la demagogia para aumentar el número de votos. Diremos la verdad, aunque nos salga cara, porque creemos que otro mundo es posible.

María José Pérez Salazar es militante de IU de Azuqueca de Henares

domingo, 20 de febrero de 2011

Rato inane


Malo es que te intenten engañar, pero que te tomen por lila no tiene pase. Esto es lo que pretende el señor Piqué, presidente de Vueling, cuando defiende a su amigo, Rodrigo Rato, ahora que el inmerecido prestigio del presidente de Caja Madrid está gravemente en cuestión a causa de una auditoría interna realizada por el mismo FMI que el señor Rato dirigió entre el 2004 y finales del 2007, años previos al colapso financiero de la economía mundial.

Dice el señor Piqué en descargo de su amigo que el FMI no fue la única institución que falló: "También lo hizo la Reserva Federal y el Banco Mundial y el Banco Central Europeo o la Comisión Europea. ¿Quién previó la crisis antes de que sucediera?

El Presidente de Vueling utiliza la manida estratagema del calamar: echar un borrón general para tapar, en este caso, la incompetencia del máximo responsable del FMI, su amigo Rodrigo Rato. No obstante, en su exculpación el señor Piqué no niega que Rato no las viera venir (es decir, su incompetencia). Sólo alcanza a afirmar que todos los que le rodeaban eran, al menos, tan torpes como él. El que no se contenta es porque no quiere.

El señor Piqué pregunta de manera retórica “¿quién previó la crisis antes de que sucediera?” para que nuestro subconsciente fabrique automáticamente la respuesta que le conviene: nadie. Pues no es así señor Piqué. Exactamente sucedió lo contrario, aunque fuera de los circuitos y despachos oficiales que usted frecuenta. Mal que le pese, numerosas voces advirtieron que vivíamos sentados en una bomba de relojería. Lo que ocurre es que personas como usted y su querido amigo, el señor Rato, hicieron todo lo que estuvo en su mano para mofarse de los que advertían de la inminencia de la calamidad, cuando no, simplemente, usted y gente como usted censuraron los informes incómodos y tiraron a la basura los avisos prudentes que pedían una rectificación, como los de Edward Gramlich, miembro del consejo de la Reserva Federal de los Estados Unidos, o los de Claudio Boro y William White del Banco de Pagos Internacionales de Basilea, por no citar los internos del FMI. Tampoco escucharon las advertencias del financiero George Soros, o a Stephen Roach de Morgan Stanley o a Robert Wescott, del Consejo Económico Nacional de los EEUU. Para que se sepa, economistas muy prestigiosos, algunos de ellos clásicos del pensamiento económico, advirtieron de los peligros e inconsistencias de un sistema basado en la ausencia de regulación sobre el mercado. Por ejemplo, Kalecki, Steindl, Pigou (Cambridge), Keynes (Cambridge), Bator (Harvard), Akerlof (premio Nobel), Stiglitz (premio Nobel), Krugman (premio Nobel), Kaneman (Standford), Tversky (Standford), Thaler (Standford) y Minsky (Washington). Además, hubo numerosos académicos que anunciaron la crisis, pero no pertenecían a los círculos oficiales que ustedes alimentaban: por citar a algunos, Bellamy Foster de la Universidad de Oregon, H. Magdoff, Paul M. Sweezy, Paul A. Baran de la Universidad de Stanford, Susan Strange y John Gray de la London School of Economics and Political Science, Robert Schiller de Yale, Robert Brenner de la Universidad de California-Los Ángeles y Nouriel Roubini de la Universidad de Nueva York, por citar sólo a los más relevantes.

Abundaron también presagios que, bien ponderados, señalaban con claridad la inminencia de un desplome económico mundial, pero ustedes los obviaron interesadamente: desplome bursátil de 1987, depresión japonesa en 1991 resultado de la especulación inmobiliaria, devaluaciones en cadena de divisas europeas en 1993, crisis de la deuda externa mexicana en 1994-95, crisis monetaria y crediticia de Asia Oriental en 1997, crisis bursátil internacional en 1998, crisis bursátil de la empresas puntocom en el año 2000, etc. Y, por último, hubo muchas señales políticas que indicaban de los peligros que se cernían en el horizonte, pero ustedes las despreciaron: llamamientos de los partidos y movimientos de izquierdas contra la globalización salvaje y a favor de regular el casino en el que se habían convertido las finanzas mundiales. Señor Piqué, hay preguntas, olvidos y silencios que lo revelan todo.

Durante los cuatro años en que Rodrigo Rato fue Director Gerente del FMI se encendieron todas las alarmas que anunciaban una crisis económica mundial de proporciones desconocidas. ¿Recuerda alguien que el señor Rato hiciera por entonces alguna advertencia, denuncia, aviso, formulase alguna sospecha o mostrara la más mínima inquietud sobre el futuro de la economía mundial? La respuesta es negativa y no porque tengamos una memoria frágil sino porque el señor Rato ni dijo ni hizo nada. Más bien alentó las perversidades de un sistema imposible y ruinoso. Explicar tamaña irresponsabilidad es fácil: o el Director Gerente vivía subido en la higuera de la inopia o, lo que es peor, ocultaba deliberadamente las evidencias incómodas al encarnar él mismo todo aquello que había que denunciar. Sea como fuere, esto debería acarrear su inhabilitación a perpetuidad para tratar asuntos económicos. Pero como en el mundo de hoy se premia antes la adhesión que la inteligencia y la sinceridad, el señor Rato, tras su fracaso estrepitoso en el FMI, fue recompensado por los mismos que provocaron la crisis, la banca especulativa, al ser nombrado director gerente de inversiones del Banco Lazard, después Consejero del Banco de Santander y, posteriormente, ya por sus cofrades de partido, Presidente de Caja Madrid.

El informe interno elaborado por el FMI que acaba de hacerse público desvela asuntos tan graves como que el FMI de Rato ponía como ejemplo de solvencia a los bancos norteamericanos e islandeses que, como todos sabemos, fueron los que originaron la crisis y los primeros que se hundieron cuando se levantó el vendaval. La auditoría también acusa al FMI dirigido por Rato de perpetrar otras fechorías como marginar análisis críticos que anunciaban que la economía mundial se sostenía sobre bases imposibles. En resumen, Rato ensalzó el error y ocultó la verdad.

Dirigentes como Rato (Greenspan es otro caso preclaro) alimentaron los desórdenes y amplificaron las consecuencias de la crisis económica. No hicieron nada para atajarla a pesar de que las señales que la anunciaban eran claras. Su ideología a favor del capitalismo desregulado les cegó. Desempeñaban tan altas responsabilidades económicas precisamente porque abrazaban el neoliberalismo, la ideología perversa que nos ha llevado a la ruina social. Como advirtiera Upton Sinclair, “es difícil que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda.”

Ni con la intercesión de Piqué el señor Rato se librará de pasar a la historia como el Director del FMI que no se enteró (o no se quiso enterar) de la mayor crisis económica planetaria desde la Gran Depresión. Le pasó lo que a Hoover, aquel Presidente norteamericano que poco antes del crac del 29 pronosticó un período de prosperidad general y que, aplicando una política de clase, ahondó las consecuencias de la crisis hasta proporciones catastróficas llevando a su país a la ruina.

El caso de Rato es como el de aquel jefe de vulcanólogos que, advertido por las fumarolas de azufre de que el volcán está a punto de estallar, autoriza el día anterior a la catástrofe que la población evacuada regrese a sus hogares en la falda de la montaña. Como es fácil suponer, al día siguiente la erupción se lleva por delante al paisaje y al paisanaje recién instalado. En justa recompensa por su perspicacia, el jefe de vulcanólogos resulta elevado a un puesto de mayor responsabilidad para seguir amplificando catástrofes futuras.

Todo denuncia aquí la mayor sordidez intelectual y política.

Queda claro. El señor Rato no es una roca Tarpeya de la economía. Más bien, se acerca a la condición de guijarrillo, eso sí, en zapato ajeno. Si nada lo remedia, que este señor apunte para Ministro de Economía o cabeza pensante en un futurible Gobierno del PP muestra el nivel al que vamos a tener que acostumbrarnos.

Terminemos que ya es hora. Cuando se siguen las andanzas de ciertos personajes públicos, especialmente de la derecha, asombra su capacidad de flotación y su facilidad para la ósmosis entre lo público y lo privado. Qué pericia tienen algunos para desempeñar eternamente elevados y ubérrimos destinos mientras tantos otros quedan sentenciados, por culpa de caballeros como el señor Rato, a vivir al pelo.

Emilio Alvarado Pérez, Portavoz de IU de Azuqueca de Henares, Concejal de Cultura y otros Servicios y candidato a la Alcaldía por IU

martes, 15 de febrero de 2011

La ayuda de 400 euros a los desempleados


Tras el anuncio de la desaparición del programa temporal de protección por desempleo e inserción (PRODI), más conocido por todos como la “ayuda de los 426 euros”, el ejecutivo no ha parado de dar tumbos de un lado a otro para aprobar, según nos informa, una nueva alternativa que tendría como objetivo la formación de los desempleados sin ingresos.

Primeramente, el Gobierno anunció una propuesta que consistía en conceder una ayuda de 350 euros, restando sin ninguna explicación 76 a la ya exigua cantidad de 426 euros, a aquellos desempleados que se sometieran a un programa de formación. A partir de aquí todo apuntaba a que el nuevo programa no era más que el enésimo recorte de derechos sociales que debían sufrir resignadamente los trabajadores, pero “maquillado” con la insistencia en la formación.

Después de que la propuesta de los 350 euros fuese abandonada, el Consejo de Ministros aprobó el Programa de Recualificación Profesional, dirigido a los parados que carecen de la prestación por desempleo. A partir del 16 de febrero, los desempleados de larga duración que agoten su prestación por desempleo o subsidio podrán solicitar la nueva ayuda de 400 euros hasta un máximo de seis meses. El subsidio estará vinculado a la formación y contará con una dotación de 400 millones de euros con cargo a los presupuestos generales del Estado. La ayuda, que sustituirá a los 426 euros, beneficiará a unos 80.000 desempleados, muchos menos que los 198.000 beneficiarios del PRODI registrados en el último periodo de su vigencia.

A esto se reduce la “genial” alternativa que nos propone el ejecutivo: un recorte por partida doble, tanto en el NÚMERO DE BENEFICIARIOS como en LA CANTIDAD A PERCIBIR. A las claras, una auténtica humillación a los desempleados que carecen de unos ingresos mínimos.

Con la excusa de afirmar que se trata de un programa vinculado a la formación se va a dejar fuera del mismo a muchos desempleados que, desgraciadamente, tan sólo contaban con la limosna de los 426 euros para mantener a sus familias y poder seguir cargando sobre sus espaldas con la lacra del desempleo.

Los beneficiados del nuevo programa serán jóvenes, mayores de 45 años en desempleo de larga duración, personas procedentes de la construcción y otros afectados por la crisis que tengan una baja cualificación profesional. No hay nada que objetar sobre la obligación de ayudar a estos grupos que lo están pasando muy mal. Pero el señor Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales parece haber olvidado que España cuenta con casi cinco millones de desempleados y que el paro, lamentablemente, afecta a muchos otros colectivos laborales como, por ejemplo, los mayores de 30 años en desempleo de larga duración, las personas que engrosan las listas del paro procedentes de muchas otras profesiones y quienes cuentan con una alta cualificación, como los universitarios, que no encuentran ninguna salida laboral. Si todos los sectores han sido golpeados duramente por el desempleo, entonces ¿qué alternativas hay para los excluidos de este programa?

Para que los colectivos del nuevo programa puedan percibir la ayuda deben cumplir una serie de requisitos tales como:

A. Haber agotado la prestación por desempleo a partir del 16 de Febrero de 2011.

B. Las rentas en la unidad familiar del desempleado no podrán superar el 75% del Salario Mínimo Interprofesional (fijado en este año 2011 en 641,40 euros).

C. Las personas que ya cobraron los 426 euros del anterior programa (PRODI), estarán excluidas de esta nueva ayuda.

Fruto de un “pacto antisocial” suscrito por el Gobierno, los empresarios y los sindicatos mayoritarios, este nuevo “plan de choque”, unido a los recortes sociales y laborales, constituye una ofensa para los desempleados y una agresión a las clases populares. Una crisis económica sin precedentes, agravada por las decisiones neoliberales de gobiernos que hace mucho que olvidaron incluso sus principios socialdemócratas, nos está llevando a una situación en la que, sin ningún escrúpulo, esos gobiernos arremeten contra los más desfavorecidos para, según dicen, aplacar las furias de los mercados.

Dejemos de creer en la posibilidad de que el Gobierno actual vaya a responder a la crisis con políticas generadoras de empleo y defensoras de una cierta idea de justicia social, porque no tienen cabida en el programa socialista y mucho menos en el de su opositor popular.

Tanto al PSOE como al PP el gran capital “les ha domado, les ha doblado y les va a domesticar”. Esa es la gran diferencia con IU, porque como bien dijo Marcelino Camacho, a nosotros ni “nos domaron, ni nos doblaron ni nos van a domesticar”.

María José Pérez Salazar es militante de Izquierda Unida de Azuqueca de Henares

jueves, 10 de febrero de 2011

Memoria y sociedad

Sin historia, la sociedad es incomprensible. La Ciudad de George Grosz

Uno de los rasgos de nuestro tiempo es el adanismo, que es una suerte de prejuicio, muy extendido socialmente, que consiste en presumir que cada día que vivimos es el primero de la historia de la humanidad. Este sentimiento no es el fruto de una superioridad histórica felizmente lograda, ni la prueba de que la conciencia humana hubiera alcanzado el saber absoluto, o de que la conciencia individual encontrara su identidad con la vida del todo. Bien al contrario, la creencia jactanciosa de que cada jornada alumbra un mundo nuevo es el resultado de la confusión que producen el continuo avance tecnológico y nuestra ignorancia olímpica del pasado.

De una parte, presenciamos a diario novedades tecnológicas ante las que tenemos que adaptarnos y que nos dan una falsa imagen de primicia, de vivir permanentemente un tiempo nuevo que anula un pasado que se nos antoja caduco e inservible. Y, de otra, embaucados por falacias interesadas, dejamos de leer a los clásicos, despreciamos el estudio riguroso de la historia, rechazamos el pensamiento y la reflexión propios de las humanidades, postergamos la filosofía y las explicaciones generales y completas. En suma, echamos por la borda una forma de saber social que fue muy importante hasta que algunos irresponsables decretaron su intrascendencia.

La combinación entre un saber tecnológico que no cesa y el rechazo del conocimiento del pasado no nos hace mejores, sino que nos convierte, por principio, en ignorantes e irresponsables. Además, la alianza entre el frenesí de la técnica y el olvido de lo que ocurrió nos deja indefensos ante los manipuladores profesionales de la historia, que tanto abundan últimamente en tertulias y televisiones digitales, empeñados en que nos falten las referencias que nos permitan interpretarnos correctamente y, por extensión, que nos habiliten para construir explicaciones racionales del devenir social.

Al no reconocer ninguna herencia intelectual o histórica suponemos ingenuamente que podemos hacer lo que nos venga en gana o, peor aún, que no debemos hacer nada ante las calamidades y los desafíos sociales porque carecemos de la perspectiva necesaria para calibrar nuestros actos y los ajenos. Creemos no estar sujetos a un pasado que otros han decidido que ignoremos, y suponemos también que no nos afecta la responsabilidad de nuestros actos que tendrán repercusión en un futuro impredecible sobre el que no podemos proyectar experiencias anteriores que otros desterraron, muy astutamente, de nuestra memoria. 

Esta sensación ficticia de independencia nos lleva a sentimos importantes y, lo que es más grave, felizmente superiores porque creemos hallar a cada paso una teoría fragmentaria o una explicación novedosa que, a poco que cultiváramos la memoria, descubriríamos que no es ni nueva ni útil.

Por mucho que queramos engañarnos y por más que la tecnología parezca arroparnos, esta situación de desnudez es desazonadora. El hombre actual, sin lazos con su época y desorientado con respecto al lugar que ocupa en el tiempo histórico que le ha tocado en suerte, busca su sentido personal y social dando un valor inmerecido a proyecciones falsas: el consumismo, el entretenimiento banal, el mito de la eterna juventud, etc. Y si con esto no bastara, en tiempos de tribulaciones, el hombre desorientado se aferra a trascendentalismos arcaicos como la religión, el nacionalismo, el tribalismo o cualquier otro aglutinante grupal del que extraer, muy equivocadamente, las referencias sociales que le faltan.

No lo olvidemos nunca: el pasado es un campo de debate político y quienes desde las cavernas pretenden escamotearlo siguen móviles políticos tan burdos como peligrosos. Suponer, erradamente, que cada día que amanece es la aurora de la humanidad conduce a impedir que la humanidad pueda inaugurar, alguna vez y de verdad, un nueva aurora.

Con este equipaje de cartón vamos viajando en una huida sin rumbo que probablemente desemboque, a no mucho tardar, en un fracaso colectivo absoluto.

Emilio Alvarado Pérez, Primer Teniente de Alcalde, Concejal de Cultura y otros Servicios y candidato de IU a la Alcaldía de Azuqueca de Henares

miércoles, 9 de febrero de 2011

Decisiones políticas que permitieron la crisis económica

Maestra y discípulo: Ayn Rand, la filósofa ultraliberal, y Greenspan, el Presidente de la Reserva Federal que más tiempo miró hacia otro lado

He escuchado decir demasiadas veces que la crisis económica era impredecible, que nadie estaba en condiciones racionales de preverla y que, por tanto, sus consecuencias deben ser asumidas responsablemente por todos. Algo así como si la crisis hubiera sido un rayo caprichoso enviado a los mortales por una deidad contrariada. De todas las mentiras posibles sobre la crisis, esta es una de las más burdas. En alguna otra ocasión ya he explicado qué grado de responsabilidad recae en los especuladores, los villanos de la historia, y en los economistas oficiales, los inductores intelectuales del delito. Pero me faltaba hablar de aquellos políticos que fueron cooperadores necesarios de una calamidad social sin precedentes desde 1929.

Para hacer más clara mi exposición la compararé con un episodio de la vida cotidiana y la dividiré en seis apartados. Espero que de su lectura se deduzca con la mayor nitidez que desde hace casi treinta años algunos políticos han venido tomando voluntariamente decisiones que permitieron la crisis. Si esos políticos hubieran decidido otra cosa, hoy no estaríamos hablando de estas cuestiones y este artículo no tendría sentido. Pero, desgraciadamente, los acontecimientos discurrieron de otro modo porque la voluntad de algunos así lo quiso.

I. Políticos de derechas legalizaron que el tráfico invadiera el carril contrario en algunas ocasiones

En 1979, el gobierno conservador de Margaret Thatcher abolió los controles de cambio. Con esta decisión se impulsó enormemente la movilidad del capital a través de las fronteras (globalización de las finanzas) y se abrió la puerta a la especulación con divisas a gran escala.

Esta medida formó parte de un paquete más amplio denominado monetarismo puro, que también se aplicó por los republicanos en los EEUU, consistente en a) redistribuir los ingresos hacia el capital, b) privatizar la propiedad y los servicios públicos, c) disminuir el gasto en servicios sociales, d) aumentar artificialmente el desempleo a través de una política monetaria dura de elevación de los tipos de interés y e) intentar destruir a los sindicatos de clase para reducir los salarios y la capacidad de organización de la clase obrera. En el caso de los EEUU, la peculiaridad de su política económica consistió, junto con la aplicación de las anteriores medidas, en aumentar el gasto militar de manera brutal, lo que llevó a su economía a incrementar astronómicamente el déficit federal y los déficit comercial y por cuenta corriente.

El efecto social de la aplicación de estas medidas pronto fue evidente: tanto en Gran Bretaña como en EEUU se abrió paso una sociedad más desigual, individualista, violenta, insegura, temerosa del futuro y con mayores niveles de pobreza y exclusión. Una sociedad con peores escuelas y mejores cárceles, con más pobres y más ricos, con menos justicia y con más venganza, con menos valores y con más potencial destructivo, más inestable y sin porvenir.

Esta nueva corriente política (podemos llamarla neoliberalismo, nueva derecha o neoconservadurismo) pronto gobernó en otros países (Nueva Zelanda, por ejemplo) e impregnó el pensamiento de una gran parte de la derecha y de la socialdemocracia europea.

II. Políticos de derechas legalizaron que el tráfico por el carril contrario se convirtiera en total

En 1989 se impuso en occidente el Consenso de Washington, que no es más que un ideario político que tenían que compartir oficialmente (ya lo hacían oficiosamente) los organismos económicos internacionales con sede en Washington (Banco Mundial y FMI) al que se unían las instituciones económicas norteamericanas más importantes, el entonces G7 y los bancos internacionales más poderosos. Entre sus principios más señalados estaban  el desmantelamiento de los controles de capital, la sustitución de los tipos de cambios fijos por tipos de cambio flotantes y la liberalización de los tipos de interés. Con todas estas medidas se pretendía que el movimiento mundial de capitales fuese totalmente libre. El Consenso de Washington daba el visto bueno a las deslocalizaciones empresariales y a que el capital se convirtiera en el único factor de producción globalizado y libre de regulaciones.

III. La derecha y la socialdemocracia legalizaron que el tráfico por el carril contrario se convirtiera en permanente e irreversible

En junio de 1989 se aprobó la primera fase de la Unión Económica y Monetaria. El gobierno alemán, en connivencia con la banca alemana, aceptó sustituir el marco por el euro a condición de que el futuro Banco Central Europeo (BCE) tuviera como objetivo la lucha contra la inflación en vez de la lucha contra el paro, así como que todos los Estados de las moneda única no incurrieran en un déficit superior al 3% del PIB y que el BCE, a diferencia de la Reserva Federal, no pudiera comprar deuda pública a los Estados. Estas tres medidas suponían: a) la imposición de una política económica para todos los Estados miembros con la consiguiente quiebra de su capacidad soberana y democrática de decisión sobre sus economías, muy especialmente en lo relativo al gasto público; b) que el Banco Central Europeo fuese un trasunto del Banco Central Alemán; y c) que los Estados que incurrieran en déficit quedasen sujetos a la tiranía de los mercados y que esos mercados pudieran castigarles especulando con su deuda soberana.

IV. Demócratas y republicanos aceptaron que a los coches se les quitaran los frenos y que aparecieran nuevos automóviles más veloces y peligrosos

En 1994 la administración Clinton decidió no regular las permutas de riesgo crediticio: los letales CDS o préstamos subprime. Estos nuevos instrumentos financieros pertenecientes a la familia de los derivados contenían en sí un riesgo enorme de desestabilización de las finanzas mundiales y, a pesar de ello, no quedaron sujetos a ninguna norma.

En 1999 en EEUU se revocó la Ley Glass-Steagall que databa de 1933 (aprobada en plena Gran Depresión por la administración Roosevelt, determinaba la separación entre la banca comercial y la banca de inversión). La Ley Glass-Steagall prohibía a los bancos minoristas emprender actividades inversoras tales como asegurar y vender títulos. Dicho en otras palabras, prohibía que la banca especulase con los ahorros de los ciudadanos. La Ley Glass-Steagall fue abolida por el Senado por iniciativa de tres republicanos y con el respaldo del Secretario del Tesoro, Larry Summers. La abolición de esta ley recibió el apoyo casi unánime de los senadores por 90 votos a favor de los 98 posibles. Esta derogación, aprobada por políticos republicanos y demócratas, fue un paso decisivo hacia la desregulación bancaria que permitió que los bancos dejaran de ser empresas para convertirse en casinos.

En 2004, la SEC, el equivalente norteamericano de nuestra Comisión del Mercado de Valores, permitió que los bancos aumentaran su grado de apalancamiento (relación entre el total del pasivo y el valor neto) de 10:1 hasta 30:1. Ese mismo año, la SEC, en otra decisión absolutamente irresponsable, permitió que cinco grandes bancos recortaran sus reservas de capital con el fin de que dedicaran más recursos a sus prácticas especulativas.

Gracias a la confluencia de estas tres decisiones políticas se produjo la explosión de la titulización de créditos hipotecarios que tantas desgracias acarreó poco tiempo después.

V. Los republicanos decidieron que la gasolina fuese gratis

A las anteriores medidas hay que añadir las que no tomó una Reserva Federal inane dirigida por Alan Greesnpan, que mantuvo artificialmente bajo el precio del dinero y que miró durante años hacia otro sitio mientras que aumentaba exponencialmente la inestabilidad del sistema financiero mundial. En un marco como el descrito de desregulación completa de las finanzas internacionales, y con los adelantos informáticos a su servicio, grandes cantidades de capital a precio de saldo generaron burbujas especulativas de todo tipo: empresas puntocom y la madre de todas las burbujas, la del sector inmobiliario. Al final, como en el destino de toda burbuja está el reventar, ocurrió lo inevitable.

VI. El tráfico colapsó y tanto la derecha como la socialdemocracia acordaron que la factura del desastre la pagaran los peatones en forma de atropellos y de indemnizaciones a los conductores más irresponsables

En resumen, a lo largo de casi treinta años se eliminaron los controles de cambio, se aplicó una política monetarista pura, se impuso el Consenso de Washington, se creó una moneda única en la UE sobre la base de considerar que el paro no es el problema más grave de la economía, se prohibió que el Banco Central Europeo comprara deuda pública, se decidió no regular los préstamos subprime, se revocó la Ley Glass-Steagall, se autorizó que los bancos aumentaran sus ratios de apalancamiento y que redujeran sus dotaciones y, finalmente, se determinó que el precio del dinero fuese artificialmente bajo en un período de inestabilidad financiera sin precedentes.

El resultado de todas estas decisiones disparatadas es bien conocido: una crisis económica equiparable a la Gran Depresión, ayudas públicas inmensas a una banca irresponsable, millones de desempleados y recortes de derechos sociolaborales sin precedentes.

La ínfima minoría que provocó la crisis es hoy más poderosa que antes y los que no la provocaron (trabajadores, pensionistas, jóvenes que buscan emanciparse, mujeres, inmigrantes, etc.) han pagado los platos rotos perdiendo su trabajo, viendo disminuir el valor de su patrimonio, perdiendo derechos o trabajando más por un salario más bajo.

Conclusión

No pasó desapercibido para el fino olfato de Tom Wolfe que el cambio de las reglas del juego económico de la década de los ochenta le daría argumentos para una buena novela. Así, en 1987, en pleno auge de los Reaganomics, Tom Wolfe publicó La hoguera de las vanidades, en la que se relatan las desgracias de un vendedor de bonos neoyorquino y en la que se pone al descubierto el cinismo de una sociedad sin principios. Los cambios económicos de la década de los noventa fueron aprovechados nuevamente por Tom Wolfe. En pleno aquelarre del capitalismo norteamericano escribió otra gran novela, Todo un hombre, publicada en 1998, en la que el autor relata la caída de un promotor inmobiliario de Atlanta y los infortunios de uno de sus empleados cuando es despedido. Una vez más, el arte con unas gotas de ficción imitando a la vida. Paradójicamente, ha sido un escritor norteamericano defensor de George Bush el que ha mostrado con la mayor claridad cómo funciona la economía y la sociedad norteamericana. Sin miedo y sin reparos porque Tom Wolfe cree a pies juntillas en los EEUU y en las bondades del capitalismo.

Fin

No era obligatorio que los políticos tomaran esas decisiones políticas; pero lo hicieron. No estaba escrito en las estrellas que el futuro tenía que ser así; pero eso fue lo que ocurrió.

Los políticos y los partidos que tomaron esas decisiones no pueden alegar ahora, a la vista de los calamitosos resultados obtenidos, desconocimiento o impericia. Habría bastado con que hubieran leído dos novelas de un escritor muy conocido, traducidas a todas las lenguas y que, en edición de bolsillo, no cuestan juntas más de 25 euros, o que hubieran visto un par de películas de éxito proyectadas en las pantallas de todos los cines del mundo, para que los acontecimientos hubieran sido muy distintos. Pero, por lo visto, los políticos que nos han gobernado desde hace treinta años no sabían nada de economía, no leían ni una triste novela ni tampoco iban al cine. En consecuencia, me pregunto: ¿en manos de qué políticos hemos dejado los asuntos públicos?

Este artículo fue publicado en la página web de IU de Azuqueca de Henares el 9 de diciembre de 2010: www.iuazuqeca.org


Emilio Alvarado Pérez, Primer Teniente de Alcalde, Concejal de Cultura y otros Servicios y candidato a la Alcaldía de Azuqueca de Henares

domingo, 6 de febrero de 2011

Mentira y política

Mariano Rajoy en su escaño del Congreso de los Diputados

Poco ha progresado el arte del engaño desde que Aristóteles escribiera el Libro II de la  Retórica, en el que nos advertía de los quiebros sofistas. Efectivamente, en la actualidad siguen perennes y muy vigorosas todas las formas de embaucamiento y charlatanería que denunciara Aristóteles, especialmente en el ámbito del discurso político.

La lista que ofrece Aristóteles de las marañas dialécticas goza de buena salud. Menciona en su obra, al menos, diez ardides miserables con los que engatusar al crédulo y enredar a personas de buena fe, a saber: las insinuaciones torpes, las acusaciones a partir de los errores propios, las medias mentiras, los silogismos incompletos, las exageraciones sin cuento, el tomar por causa lo que no es tal y el presentar como consecuencia lo que tampoco es, la omisión deliberada del cuándo y del cómo, el transformar lo improbable en seguro y lo cierto en imposible, el traer como ejemplo lo que no viene al caso y, finalmente, la amplificación de lo que conviene y el demérito de lo que no.

Todos estos ardides son usados por los nuevos sofistas de la política con total prodigalidad. Porque, como ya dijo Aristóteles en sus Refutaciones Sofísticas, éstos “se proponen ante todo parecer que refutan, en segundo lugar mostrar que se dice alguna falsedad, en tercero conducir a la paradoja, en cuarto lugar hacer hablar incorrectamente (…y) por último, hacer decir varias veces lo mismo.” En resumen, el sofista de hoy, como el de antaño, sigue dedicándose a mentir, enredar e inquietar al público, bien por gusto, por dinero o por ansia de notoriedad y poder, manejando el discurso de una forma canallesca y granuja con el objeto de ganarse la consideración favorable de una opinión pública que quisiera totalmente desarmada.

Traigo aquí estas citas clásicas para mostrar que en lo tocante al engaño a mansalva poco ha cambiado desde hace dos milenios, excepto que se ha amplificado su poder. Y para demostrarlo pondré un ejemplo patrio en el que se mezclan, a partes iguales, el esperpento y lo grotesco: el del señor Rajoy.

D. Mariano Rajoy Brey es el máximo representante del PP y aspirante a convertirse en Presidente del Gobierno de España. Además, es un ciudadano que cobra 9.000 euros mensuales del erario público por dedicarse a sus labores políticas. Debería suponérsele, por tanto, un mínimo de coherencia en sus planteamientos, así como la obligación de saber de qué habla en cada momento. Veamos si ambas presunciones son ciertas.

Empecemos por la crisis económica. Un estadista que se precie debe tener las ideas claras sobre sus causas y remedios. Comprobemos de qué sustancia están hechos los argumentos de Rajoy al respecto. El mantra del señor Rajoy para sacarnos de la crisis es perdonarles impuestos a los que más tienen, lo que sin duda está relacionado con su presunción, falsa de todo punto, de que la crisis es un asunto puramente español. Esta visto que no le importan las consecuencias de tales rebajas impositivas en los demás que, por cierto, son la inmensa mayoría de los ciudadanos. Condonar impuestos a los más pudientes es volver a la ley de la jungla, a que el fuerte pisotee al débil, a que la promoción social se congele, a que el ciudadano en situación de necesidad caiga en la marginación social, a que la explotación se incremente y, con ella, que el trabajador quede preso del miedo y sumiso a las condiciones unilaterales del empleador. Además, rebajar impuestos significa poner en peligro de muerte servicios públicos básicos como la sanidad, la educación, las pensiones y el seguro de desempleo, pilares del Estado social que consagra nuestra Constitución. Por ello, al ser preguntado por una presunción tan torpe, el señor Rajoy se pone nervioso, balbucea, es incapaz de calcular siquiera la cuantía de lo que se dejaría de recaudar de aplicarse las rebajas que propone y, cuando se le avanza la cifra estimada, dice que él no está para menudencias propias de tesorero de comunidad de vecinos. Para llegar a tanto juicio desnortado, incurre Rajoy en varios enredos dialécticos a la vez: el silogismo incompleto o defectuoso, el tomar por causa lo que no es y el suponer como consecuencia lo que no viene al caso. Vergonzoso.

Continuemos con las pensiones. El señor Rajoy formó parte de un Gobierno, el de la primera legislatura del PP, que ya redujo las pensiones en 1997 por la vía del aumento del tiempo de cálculo para determinar su cuantía, que pasó de 8 a 15 años. Hoy, en cambio, olvidando este precedente incómodo, afirma que está en contra de una nueva reducción de las pensiones, eso sí, más brutal que la que avaló entonces siendo Ministro de Educación y Cultura. ¿En qué quedamos señor Rajoy, bajamos las pensiones pero estamos en contra de que otros también lo hagan? ¿Qué modo de razonar es este que consiste en que si otros hacen lo que yo haría han de ser linchados, mientras que si yo hago lo que otros harían debo ser elogiado? En el caso de las pensiones, el señor Rajoy nos quiere llevar al error previa administración general de dos embrollos dialécticos: la acusación a partir de errores propios y la omisión deliberada.

Sigamos porque no queda aquí el asunto. En el año 2007, afirmaba Rajoy que Irlanda, el “tigre celta”, crecía mucho más que la media de la UE y que lo hacía de manera sana. Ponía Rajoy a Irlanda como ejemplo de las bondades del neoliberalismo (impuestos de risa para las empresas y el capital, especulación inmobiliaria aún más feroz que la española y “financiarización” de la economía a niveles extremos), para desprestigiar el intervencionismo estatal sobre la economía. Sólo tres años después, en el 2010, el “tigre celta” de Rajoy, convertido ya en gato escaldado, estaba en bancarrota y era intervenido por el FMI y por la UE con el dinero de los impuestos de los ciudadanos. El tigrecillo irlandés de Rajoy nos va a costar a los españoles 7.000 millones de euros en avales, en lo que es una intervención pública como la cúpula del Escorial sobre una economía enferma. Aún no hemos oído que el señor Rajoy se disculpara o que nos dijera que estaba equivocado y que ha cambiado de opinión sobre Irlanda, el neoliberalismo, el intervencionismo público sobre la economía o los tigres y demás felinos. Lo que sí sabemos es que continúa afiliado al PP y aspira a ser presidente de gobierno. En el asunto de Irlanda, Rajoy comete el engaño de tomar como ejemplo lo que no vienen al caso y, una vez manifiesto el error estrepitoso de la elección, omitir deliberadamente toda alusión al ejemplo.

Concluyamos con un último testimonio. En el año 2007, sostenía Rajoy que el Reino Unido, cuna del neoliberalismo al que tanto aprecio le dispensa, tiraba de Europa con gran brío, mucho más que las anquilosadas Francia y Alemania, ejemplos de economías en las que el Estado pesa, según su particular criterio, más de la cuenta. Tres años después, su querido Reino Unido, de la mano de sus camaradas conservadores y liberales, sufría el mayor recorte del Estado del Bienestar desde la Segunda Guerra Mundial (reducción de todas las prestaciones sociales, subida de las tasas universitarias, menos gasto educativo, supresión de 500.000 empleos públicos, etc.) Rajoy no reaccionó ante la paradoja que consiste en celebrar una cosa y su contraria. Para él, el Reino Unido era un ejemplo de buen funcionamiento económico antes de los recortes brutales, de donde se deduce que no los necesitaba y, a la vez, los recortes sociales que destruyen el Estado del Bienestar son admirables aunque se lleven por delante a la mayoría de los británicos. Por ello, en octubre de 2010 pudo decir sin sonrojarse que “el plan de Cameron da confianza: yo haría lo mismo en España.” Todavía no tenemos noticia de que el señor Rajoy haya pedido perdón por sostener a la vez que lo bueno es malo y que lo adecuado es igual que lo inconveniente. Incongruencias al margen, estamos seguros de que el señor Rajoy, si llega al gobierno, sacrificará totalmente a los españoles en el altar de los mercados. Recordemos una vez más sus palabras que pueden convertirse en proféticas si nada lo remedia: “yo haría lo mismo en España” que el señor Cameron. La celada del señor Rajoy a propósito de Gran Bretaña es igual que la cometida con Irlanda: aportar ejemplos que no vienen al caso y omitir deliberadamente el error después.

Si la coherencia del señor Rajoy en materia económica es tan precaria, sorprendente sería que despuntase en otros temas. Comprobémoslo también.

Preguntado por la continuidad del matrimonio homosexual allá por 2008, cuando las encuestas no le eran tan favorables, afirmó no saber lo que haría en el caso de ser Presidente del Gobierno. La misma pregunta formulada dos años después, con encuestas mucho más propicias, desencadenó en su cerebro una respuesta completamente distinta: “lo suprimiré”. Tal actitud por parte de Rajoy es un modelo claro de una de las marañas dialécticas más socorridas: ocultar lo que no conviene para amplificarlo cuando convenga. Este ejemplo, por minúsculo que parezca, pone de manifiesto a qué juega el señor Rajoy y, en general, todo el PP: oculta sus intenciones al respetable cuando cree que le harán perder votos, porque lo que desea es, por encima de lo demás, llegar al poder para ejecutar un programa que no tiene agallas de presentar previamente ante el tribunal de la opinión pública. El hecho de que los posibles gobernantes escondan su opinión para imponerla después es, en un sistema democrático, un insulto a la confianza de los ciudadanos y una traición a un sistema que se basa, no lo olvidemos, en la opinión libremente expuesta y sujeta a la critica general. No hay democracia si se hurtan los debates, se esconden los programas y se silencian las discrepancias. Del mismo modo que en el Derecho Penal el encubrimiento es un delito y, en consecuencia, merece un castigo, en política la acción de escamotear deliberadamente asuntos de interés general con fines ilegítimos debería acarrear una sanción, además de la censura de la opinión pública. 

Hay un asunto en el que afloran con la mayor transparencia los vicios sofistas del señor Rajoy: la corrupción que atenaza al PP. El espectáculo es seguro cuando se le interpela sobre este asunto. Después de haber sido preguntado decenas de veces sobre el particular, el señor Rajoy aún no ha sabido explicar si conoce o no a Correa (el de las 25 fincas, los 22 coches, las 30 casas, los 18 garajes y los dos barcos). Tampoco ha explicado por qué no puso una denuncia ante la Fiscalía Anticorrupción contra toda la maraña de sinvergüenzas que, según él, se aprovecharon durante años del “buen nombre del PP” para saquear el presupuesto público (la trama Gürtel supuso el robo, al menos, de 120 millones de euros de los impuestos de los trabajadores). Además, no ofreció explicaciones por haber llevado a Génova, en calidad de tesorero nacional del partido, al señor Bárcenas, acusado por la policía de haber cobrado casi un millón y medio de euros en sobornos, además de 300.000 euros anuales de sueldo con cargo al presupuesto público. Y en el caso de las responsabilidades políticas de los imputados por casos de corrupción, los juicios y pareceres  de Rajoy han pasado por todos los puntos de la rosa de los vientos, dependiendo de si el día de la  interpelación era nublado o no, dando respuestas para todos los gustos: que los imputados deben dimitir, que no deben hacerlo hasta no ser condenados en firme, que unos sí y otros no, y que él no es quien para decir nada sobre este asunto porque desconoce cuántos imputados hay, cómo se llaman y a qué se dedican. El ramillete de traspiés cometidos por Rajoy sobre este particular es singularmente florido: aquí se mezclan las medias mentiras, las omisiones deliberadas y la conversión de lo cierto en imposible. Capítulo aparte merecerían los meandros de su pensamiento en lo relativo al 11-M. Pero créanme, ya estoy cansado de escribir sobre tanta fullería. Es fuerza que repose, especialmente porque estimo acreditado lo que pretendía demostrar.

Al señor Rajoy le molesta sobremanera que le recuerden sus contestaciones. No es de extrañar. A cualquiera que se comportase como él le pasaría lo mismo. Por eso una vez dijo, en frase perenne que pasará a la historia: “mire, las cosas no se pueden hacer así. Ir viendo lo que dice uno, lo que dice otro ...” Efectivamente señor Rajoy. Qué más quisiera usted que nadie le viera ni le oyera, para no hacerle pasar la vergüenza de escucharse. Pero, por suerte, las declaraciones del señor Rajoy quedan archivadas y se le podrán recordar siempre que sea menester. Ahora se entiende mejor el afán que tiene este señor de que los ciudadanos seamos olvidadizos, singularmente de aquello que le resulta embarazoso.

Todos estos atropellos contra el sentido común y el buen razonar acontecen cuando el señor Rajoy se digna contestar a las preguntas que se le hacen, porque lo habitual en él es callar o salirse por la tangente cuando la cuestión le incomoda o no tiene respuestas plausibles que presentar ante una audiencia estupefacta. La condición natural del señor Rajoy es practicar el tancredismo político, que consiste en no moverse, en no hablar, en no pronunciarse, en pasar desapercibido, en decir “esto no va conmigo”, mientras se fuma un puro, silba o mira hacia el tendido, no vaya a ser que el miura de la política le enfile desde la salida de toriles.

D. Mariano Rajoy, el hombre que confundió el tiempo con el clima, el que afirmó que no entendía ni su propia letra, el que dice que no se entera de lo que pasa cuando lo que pasa no le conviene, el que se trabuca al hablar cuando el tema le disgusta, el de las brillantes metáforas y el que nos abruma con una sarta de mojigangas para explicarnos lo inexplicable. Sin duda, un gran líder para un gran país, si atendemos a la opinión de sus admiradores.

Lo extraordinario del caso es que, aparentemente, haya tantos dispuestos a confiar en la palabra de un señor que tiene por divisa tomarle el pelo a todos los que se le ponen por delante.

Terminemos donde empezamos. No necesitamos a Aristóteles para interpretar a Rajoy. Exactamente ocurre lo contrario: tras escuchar a Rajoy tenemos que leer a Aristóteles para preservar el equilibrio y la salud de nuestra mente.

NB: en Azuqueca de Henares contamos con una copia diminuta del señor Rajoy, en calidad de Portavoz del Grupo Popular.

Emilio Alvarado Pérez, Primer Teniente de Alcalde, Concejal de Cultura y otros Servicios y candidato a la Alcaldía de Azuqueca de Henares

sábado, 5 de febrero de 2011

Moral y política

Un planeta, una humanidad

Allá por los años ochenta del pasado siglo, la izquierda europea (la española no es una excepción) abandonó irresponsablemente a la derecha la definición de la moral y de la comunidad política. En cierto modo lo hizo pensando, equivocadamente, que el de la moral es un terreno donde sólo fructifica la carcunda, y que las cuestiones relacionadas con la comunidad política trascienden a religiosidad. Vamos, que supuso que en esas aguas no iba a pescar nada bueno, equivocándose completamente.

El error cometido por la izquierda fue mayúsculo y lo estamos pagando muy caro. Abandonadas a su suerte, la moral y la comunidad política acabaron siendo definidas por la derecha, lo que implicó que los valores y los principios generales de la sociedad quedaran sometidos, en régimen de monopolio, a un ideario conservador. La izquierda pensó que hablar de moral era anticuado y burgués, cuando lo burgués era permitir que los curas definieran la moral. En otras palabras, la izquierda, por un prurito de purismo, dejó que las conciencias fuesen moldeadas por la derecha.

Aunque con un sentido políticamente distinto, esto que pasó en Europa ocurrió antes en los EEUU, cuando se produjo el desmoronamiento del New Deal. Tal hecho explicaría algo que a simple vista resulta incomprensible: la fuerza y el grado de penetración que tienen en aquel país las ideas de derechas y cómo el sentido común (al modo en que lo entendía Gramsci) de los norteamericanos es tan retrógrado. El éxito de Roosevelt consistió en unir bajo un todo coherente la definición de una comunidad nacional, unos ideales morales y una política económica intervencionista de regulación del capitalismo para salvarlo de sus propios excesos. Dicho de otro modo, Roosevelt jugó en todos los terrenos y ganó todos los partidos, ayudado por el esfuerzo bélico de la Segunda Guerra Mundial. Cuando sus herederos ideológicos comenzaron a abandonar voluntariamente esos frentes, comenzaron a perder batallas decisivas.

La izquierda hace bien en denunciar que en cuestiones culturales el conservadurismo disfruta de una hegemonía muy cómoda, reforzada sin duda por el control que ejercen las grandes corporaciones sobre los medios de comunicación. Pero se queda corta si su discurso se dedica a la mera denuncia de un orden de cosas tan parcial. La izquierda no debe oponerse a la avalancha cultural de la derecha con un discurso que sólo hable de cómo repartir mejor los incrementos del PIB si es que se producen. Este modo de abordar la controversia política con la derecha lleva anticipada la derrota por muchas razones. Para empezar, porque si sólo se habla de cómo repartir mejor el excedente dejamos de pensar sobre lo más importante: cómo producir y para qué, que es el meollo de cualquier sistema económico, especialmente si está en cuestión. Pero, además, el discurso sobre el reparto es sólo una trinchera, una línea de resistencia, no emociona y no lleva a defender lo más importante: una concepción del mundo alternativa a la actual.

Es necesario que la izquierda se plantee en serio definir qué entiende por comunidad política así como hablar de moral y de valores, presentando batalla a una derecha a la que nunca se le debió dejar ningún espacio vacío. Y lo debe hacer sin complejos, con convicción, porque puede ofrecer propuestas sobre lo que son la comunidad y los buenos valores infinitamente mejores que la derecha, especialmente ahora que las contradicciones y las limitaciones de la derecha son tan evidentes.

Emilio Alvarado Pérez, Primer Teniente de Alcalde, Concejal de Cultura y otros Servicios y candidato a la Alcaldía de Azuqueca de Henares

domingo, 30 de enero de 2011

La reforma de las pensiones

Los dirigentes de CCOO y UGT, Ignacio Fernández Toxo y Cándido Méndez

Hace pocos días hemos vuelto a ser testigos de un nuevo recorte social a los que ya nos tiene acostumbrados el ejecutivo del Señor Zapatero: el pensionazo. Se confirma una vez más la sumisión del partido socialista a los poderes económicos, porque con su nueva medida premia de nuevo a los verdaderos causantes de la crisis y castiga a las víctimas del latrocinio universal, los ciudadanos.

Lo peor de todo no ha sido la presentación por parte del gobierno de este nuevo tijeretazo, que era la “crónica de una muerte anunciada”, sino que los sindicatos mayoritarios, CCOO y UGT, los que se proclaman como los únicos defensores de los intereses de los trabajadores, han firmado dócilmente el acuerdo con el gobierno y los empresarios.

Con este pacto, que se ha convertido ya en un anteproyecto de ley, se da plena satisfacción a las demandas de los banqueros y grandes empresarios (el grupo de los 37) que hace tan sólo dos meses fueron convocados por el rey y por el Señor Zapatero al Palacio de la Moncloa. El que los sindicatos hayan asumido de buen grado esta renuncia es una auténtica VERGÜENZA que, además, propicia la especie de que el sindicalismo pierde credibilidad a chorros.

Con esta reforma se reducen tanto el número de las pensiones como la cantidad a percibir con cargo a ellas. El objetivo de esta medida no tiene nada que ver con la consolidación de un sistema público en peligro sino con el fomento de los sistemas privados de pensiones. En verdad, se trata de que la banca privada, una vez esfumado el negocio del ladrillo, siga ganando dinero de otras maneras para sostener sus beneficios, los bonus, las pensiones e indemnizaciones de sus directivos y, de paso, para tapar los agujeros provocados por la ambición y la usura desmedidas. El Partido Comunista de España ha aportado datos muy sugestivos sobre el particular. De los 97.000 millones de euros que tiene que abonar España en concepto de deuda durante el año 2011, el 80% corresponde a deuda privada, y de esa cantidad más de la mitad es deuda del BBVA y del Banco de Santander que, por cierto, tiene como principal acreedor a la banca alemana. Dicho de otro modo, la banca española debe captar con urgencia fondos privados para hacer frente a sus obligaciones con los acreedores. Una fuente de recursos pueden ser los escasos ahorros de los trabajadores que se depositan en un precario plan privado de pensiones. Y para avivar el interés hacia los planes privados de pensiones nada mejor que degradar el sistema público. Es evidente, por tanto, que en el asunto del pensionazo cuentan los intereses del mundo financiero aun a costa de sacrificar los derechos de la inmensa mayoría.

La modificación de las condiciones para acceder a una pensión es de todo punto innecesaria porque el sistema de pensiones en España es viable y solvente. Por ello, la postura de los sindicatos produce sonrojo. En vez de luchar por defender el sistema público de pensiones se avienen a las exigencias neoliberales de los socialistas. Los sindicatos deben ir con cuidado porque con decisiones como ésta, incomprensibles e injustas, atacan a su base y a su razón de ser.  

Recortar las pensiones es aún más grave si tenemos en cuenta que en nuestro país más de 900.000 jóvenes con menos de 25 años están desempleados, a lo que se añade que este altísimo desempleo juvenil es estructural, como reconocía el Presidente del Gobierno en el Congreso hace muy pocos días. En estas condiciones retrasar la edad de jubilación y elevar las exigencias para percibir una pensión significa condenar conscientemente a la inmensa mayoría a no cobrar nunca una pensión digna. ¿Y los impulsores de estas medidas se llaman “SOCIALISTAS” y “OBREROS”?

La reforma afecta muy negativamente a los trabajadores, a las mujeres y a los jóvenes que aspiran a conseguir un empleo. A todos les resultará mucho más difícil acceder a su pensión. Un gran número de trabajadores con 65 años, al no haber llegado a cotizar los 38,5 exigidos, se verán obligados a retrasar la jubilación hasta los 67 años. Incluso, para añadir una nota chusca a tanto desafuero, cuando un trabajador llegue a los 67 años y no haya cotizado los 37 de rigor, verá mermada su pensión un 0’2% por cada mes que le falte hasta alcanzar el tope.

Y que no se diga que el acuerdo se justifica porque se han conseguido algunas reivindicaciones. Admitir las cotizaciones de los becarios (según la cotización que determine la empresa) con un límite de hasta dos años (aunque todavía no está determinada su cuantía), aceptar la excedencia por cuidado de hijos (también hasta un límite de dos años) o permitir realizar el convenio especial con la seguridad social a aquellas personas que no hayan trabajado antes, no son justificación de nada. Estas “compensaciones” no son suficientes para que la ciudadanía tenga que tragarse lo que no es más que un brutal recorte.

¿Es este el Estado de Bienestar del que tanto habla el Señor Zapatero, por el que lucharon nuestros padres y del que hemos disfrutado hasta ahora? Qué poco va quedando de él. De la noche a la mañana el ejecutivo socialista, lacayo fiel de los grandes empresarios, decide arremeter contra los trabajadores para arrebatarles todos sus derechos: reforma laboral, supresión de la “limosna” de los 426 euros, reforma de las pensiones... ¿Qué nos queda ya por ver?

Así actúa un capitalismo que, agonizando, marca el camino por el que han de conducirse los gobiernos neoliberales. Si hay una cosa clara es que decisiones como el recorte de las pensiones son ejemplo de políticas de derechas que intentan mantener un sistema que hace aguas por los cuatro costados, sin que importe el sufrimiento que puedan producir en la inmensa mayoría de los ciudadanos y de la clase obrera.

María José Pérez Salazar, militante de IU de Azuqueca de Henares

Los sindicatos mayoritarios a favor del "pensionazo"

Carlos Bravo, responsable de Seguridad Social de CCOO, intentando explicar las "excelencias" del acuerdo. Fuente CCOO

CCOO y UGT han consentido y aceptado una nueva agresión contra la clase trabajadora al firmar el acuerdo con el gobierno y la patronal por el que se rebajan las pensiones. Es doloroso decirlo pero es la pura verdad.

El pacto alcanzado supone que la jubilación legal se retrasa a los 67 años, dos más que ahora. Para alcanzar una pensión completa a esa edad tan provecta se exigen 37 años de cotización, también dos más que ahora. En el caso de que alguien quiera jubilarse a los 65 años se suben los de cotización de 35 a 38’5, tres años y medio más que ahora. Además, se aumenta de 15 a 25 años el período de cotizaciones para determinar la pensión final que le corresponderá a cada trabajador, por tanto diez años más que ahora. Hablando en plata,  los trabajadores se jubilarán más tarde, cobrarán una pensión por menos tiempo y las pensiones del futuro serán sustancialmente más bajas que las del presente. Además, la vida laboral de las nuevas generaciones, mucho más precaria y con largas y continuas estancias en el paro, llevará a que sólo una minoría (en la que las mujeres estarán infrarrepresentadas) cumpla unas exigencias tan abusivas: para que un joven de hoy pueda jubilarse a los 65 años deberá trabajar y cotizar ininterrumpidamente desde los 26 años y medio, y para jubilarse a los 67 años, desde los 30. Obviamente, ciencia ficción. 

Si todo esto es verdad, y no hay razones para dudarlo, hay que plantear una pregunta inexcusable: ¿cómo es posible que los máximos representantes de CCOO y de UGT tengan aún el cuajo de afirmar que este acuerdo beneficia a los trabajadores? Por mucho que nos vengan con un discurso embozado, la realidad es la que es. A falta de explicaciones convincentes cundirá la sospecha de que los intereses de la curia estuvieron por encima de los generales de los trabajadores.

La situación laboral y social en nuestro país está llegando a un punto insoportable. En poco más de seis meses el Gobierno ha reducido el gasto y la inversión pública, ha rebajado el sueldo a los trabajadores públicos, ha congelado las pensiones, ha abaratado el despido, ha socavado la negociación colectiva, ha debilitado la tutela judicial en los litigios laborales y, ahora, reduce drásticamente las pensiones del futuro. Además, no satisfecho del todo, nos anuncia que eliminará la ayuda de emergencia de los 426 euros para aquellos que carecen de ingresos. A la vez, ese mismo gobierno, tan valentón con los débiles, ha perdonado impuestos a los más ricos, ha amparado a los directivos de una banca depredadora, ha puesto el dinero de los contribuyentes al servicio de especuladores sin escrúpulos y quiere bancarizar las cajas de ahorros utilizando para tal fin los impuestos que pagan los trabajadores. Y, mientras tanto, la economía sumergida es cada vez mayor y el paro no deja de crecer, llegando a cifras intolerables. En poco más de tres años se ha pasado de un 8% a un 20% de tasa de paro, a razón de un millón de desempleados más al año, rozándose ya la cifra de 4.700.000, según recoge la última encuesta de población activa. Un panorama que alumbra un escenario catastrófico y con un Estado del bienestar que últimamente parece más un guiñapo que otra cosa.

Hasta ahora los sindicatos mayoritarios habían mostrado su rechazo a esta batería de agresiones sin cuento. Pero en lo relativo a las pensiones, sorprendentemente, deciden aceptar lo que daña a los trabajadores. ¿A qué cálculo obedece esta mansedumbre repentina? Ellos sabrán. Pero, desde luego, su decisión conduce a la desafección de las bases y a que se extienda la sospecha de que se ha consumado una traición. A partir de ahora puede ocurrir cualquier cosa. Cuando así sea, que los sindicatos no se lamenten de lo que han procurado

Emilio Alvarado Pérez, Primer Teniente de Alcalde, Concejal de Cultura y otros Servicios y candidato a la Alcaldía de Azuqueca de Henares

sábado, 22 de enero de 2011

Jesús Caldera: el “mediador” para la reforma de las pensiones

Jesús Caldera y Walter Riester, dos ex Ministros socialistas partidarios de retrasar la edad de jubilación a los 67 años. Foto Fundación Ideas

El señor Presidente del Gobierno ya no sabe a quién recurrir para seguir desmantelando lo poco que queda del Estado de bienestar. Ahora nos sorprende con la noticia de que el encargado de negociar la reforma de las pensiones va a ser el señor Caldera. Sí, aquel que tras la victoria socialista de marzo del 2004 fue nombrado Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales y  que destacó por “premiar” de manera populista la maternidad con 2.500 euros por cada nacimiento, y por poner en marcha normas como la Ley de Igualdad y la Ley Integral contra la Violencia de Género. Quizá por esto mismo fue destituido del cargo, porque su paso por el ministerio no supuso ningún avance en materia laboral y mucho menos en igualdad y violencia de género. Después de siete años los salarios de las mujeres siguen siendo inferiores a los de los hombres por desempeñar idéntico trabajo. Y en cuanto a la violencia contra las mujeres los resultados, tras cinco años de vigencia de la Ley Integral, siguen siendo descorazonadores. Las razones que explicarían unos resultados tan frustrantes serían una combinación de escasez de medios económicos y enfoque legal muy limitado, a lo que se añadirían factores demográficos y culturales que no pueden obviarse, siendo estos últimos muy preocupantes. En cualquier caso, el dato incontestable es que el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas ha crecido en la última década un 17’5%, según datos del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia.

Al señor Caldera, tras su paso por la primera línea de la política, se le buscó un retiro cómodo y discreto como Vicepresidente de la Fundación IDEAS (presidida por Zapatero), institución investigadora del PSOE que tiene como objetivo prioritario, según manifiesta en su página web, aportar nuevas “ideas” progresistas al debate político y social en un mundo que cambia permanentemente. ¡Menuda paradoja! D. Jesús Caldera, por un lado, se dedicaría desde su despacho de la calle Gobelas a reforzar el pensamiento progresista y, por otro, como mediador en materia de pensiones, a reducir derechos sociales con el pretexto de que así se salva el Estado del Bienestar.

En un acto organizado hace muy pocos días por la Fundación IDEAS y la Fundación Friedrich Ebert (dependiente de la socialdemocracia alemana), Caldera se mostraba orgulloso del Estado del Bienestar y, en concreto, del modelo de pensiones “que los españoles nos hemos dado en poco tiempo, un modelo equitativo, de reparto, que supone que la pensión mejor retribuida sea sólo 3,5 veces superior a la peor, la mejor ratio de los países desarrollados y una muestra de que hemos sabido aprovechar nuestras oportunidades para repartir la riqueza”. El parlamentario salmantino, porque el señor Caldera mantiene el acta de diputado, explicó también que “gracias a ese carácter justo y equitativo, hoy en día podemos decir que el riesgo de pobreza entre los mayores de 65 años es menor que en otros sectores de población”. Definir de este modo, de un plumazo, con trazo tan grueso el estado de las pensiones en España es tendencioso. El señor Caldera desconoce y mucho los dramas sociales por los que atraviesan un millón de pensionistas y viudas en España que cobran una pensiones que oscilan entre los 550 y los 590 euros al mes, y de los que dependen, como consecuencia de la crisis, muchas familias en paro y sin recursos propios.

Su argumento para defender el recorte de las pensiones y aumentar la edad de jubilación no es otro que decir que “como España ha sufrido grandes cambios en poco tiempo (de ello no tenemos la menor duda), uno de ellos muy positivo, como es que la esperanza de vida ha aumentado notablemente, y somos el segundo país del mundo, después de Japón, donde más se vive y con una gran salud (…) hoy en día la esperanza de vida después de la jubilación es de 19 años de media y en el futuro se prevé que aumente, por lo que, si vivimos más, necesitaremos contribuir más.”

Para reforzar su punto de vista, el mediador para la reforma de las pensiones añade otra razón a la ya apuntada del aumento de la esperanza de vida: la bajísima natalidad española. Así que para salir airoso y cumplir el encargo del Presidente del Gobierno, Caldera exige un “cambio en la mentalidad de los ciudadanos, pues si vamos a vivir mucho más, no tenemos que ver la extensión a los 67 años como un recorte, pues con esa mayor contribución ni si quiera vamos a amortiguar en su totalidad la brecha en la sostenibilidad del sistema”. Por cierto, y es un detalle que no podemos pasar por alto, Caldera estuvo acompañado en este acto por Walter Riester, ex Ministro de Trabajo alemán que presume de haber elevado la edad de jubilación en Alemania hasta los 67 años.

La conclusión es evidente. Aquí tenemos una muestra más de las políticas neoliberales a las que nos tienen acostumbrados el PSOE y el PP, que para nada responden a las necesidades de la ciudadanía. Desgraciadamente, la sociedad española se debilita no sólo por la crisis económica en la que está inmersa sino por la nefasta gestión de un gobierno que lo único que sabe hacer es responder a las exigencias de sus verdaderos patronos.

Son muchas las dudas que se amontonan en mi cabeza para las que no encuentro respuestas: realmente ¿quién gobierna?; ¿qué futuro les espera a los jóvenes si se aumenta la edad de jubilación y el desempleo continúa sin freno?; ¿trabajarán algún día?; ¿llegarán a cotizar en el futuro el mínimo de años exigidos para cobrar completa su pensión?; ¿cómo vamos a aumentar la natalidad si los jóvenes sufren una tasa de paro inadmisible y unas condiciones laborales tan precarias?; ¿cómo responderán socialmente las generaciones que están siendo laminadas?; ¿qué clase de país y de sociedad estamos creando?

Si de verdad esa “extensión” a los 67 años de la edad de jubilación, a la que se refiere el señor Caldera, es tan beneficiosa para la estabilidad de la Seguridad Social ¿por qué los diputados como él no han dado ya ejemplo renunciando a sus pensiones hasta alcanzarla? Perdónenme: olvidaba que por el hecho de llevar siete años en el cargo, los diputados han decidido que cobrarán, una vez jubilados, la pensión máxima, aquella que le cuesta a un trabajador 35 años de cotización. Y eso por no hablar de la desvergüenza que supone que un ex Presidente del Gobierno pueda simultanear el cobro de una renta vitalicia con su participación en consejos de administración de grandes multinacionales para defender intereses particulares que, en numerosas ocasiones, van en contra del interés general. Los casos de Aznar y de González son suficientemente claros al respecto.

Ya está bien de tomaduras de pelo. Si seguimos desplazándonos a la derecha jamás cambiaremos el rumbo de este país ni saldremos de la crisis.

María José Pérez Salazar es militante de IU de Azuqueca de Henares